Carolina relata cómo una sonrisa ocultaba su profunda tristeza y cómo a los 14 años comenzó a refugiarse en los vicios tras sufrir un abuso. Inicialmente probó cigarrillos, marihuana y alcohol como escape, pero con el tiempo, estos se convirtieron en una necesidad diaria.
La adicción avanzó, consumiendo sus fines de semana y luego sus días. El odio y el rencor crecían, llevándola a tener pensamientos suicidas a temprana edad. A pesar de la rebelión y las mentiras para ocultar su situación, su familia no percibía la gravedad de su sufrimiento interno.