Se argumenta que los límites a la bendición de Dios son autoimpuestos por las personas, quienes al no pedir lo suficiente o no tener suficientes "vasijas" (receptividad), limitan la provisión divina.
Se cita a Isaías, quien llama a "ensanchar el espacio de la tienda" y a no reparar en gastos, indicando que Dios tiene planeada una bendición mayor de la que a menudo nos atrevemos a pedir.
Se concluye que somos los únicos que podemos poner límites al progreso y a la bendición que Dios tiene para nosotros, y que debemos evitar ser escasos en nuestras peticiones.