En la cárcel de mujeres más grande de Japón, las reclusas extranjeras, muchas de ellas provenientes de México y Brasil, enfrentan desafíos adicionales debido a las barreras del idioma y culturales, además de cumplir condenas por delitos relacionados con drogas.
El 10% de las internas son extranjeras y trabajan ocho horas diarias en fábricas de la prisión. La falta de comunicación y la lejanía de sus familias son los aspectos más difíciles de sobrellevar. Según Human Rights Watch, las infracciones de drogas son la segunda causa de encarcelamiento femenino en Japón, y los extranjeros condenados por estos delitos suelen ser deportados tras cumplir su sentencia.