El cuarto nivel del río de Dios representa la máxima aspiración del creyente: ser un siervo inútil, es decir, depender enteramente del Señor y ceder la voluntad a la de Dios. Es donde se vive bajo cielos abiertos, fluyendo revelación, unción y poder.
En este nivel, las obras de la carne ceden ante las del espíritu. Es crucial no detenerse en niveles inferiores, sino anhelar esta profunda comunión y dependencia total de Dios, donde Él toma el control absoluto.