Jesús exige a sus discípulos amarlo más que a cualquier otra cosa o persona, incluyendo la propia vida. Se enfatiza que el amor a Dios debe ser total y absoluto, sin permitir que otros intereses, posesiones o relaciones ocupen el lugar que le corresponde a Cristo en el corazón.
Se critica la idea de que el ministerio primario del creyente sea la familia, calificándola como el "evangelio del diablo". Se argumenta que la familia solo funcionará correctamente si Dios es puesto en primer lugar.
Se subraya que ser discípulo de Jesús implica una devoción de todo corazón, lealtad a toda prueba y una negación completa de uno mismo, poniendo tiempo, dinero, posesiones y talento a disposición del Señor. La lealtad a Jesucristo, quien nos compró y salvó, debe primar sobre cualquier otra lealtad.