El panorama para América era desolador con el rey Fernando VII en el trono español, prometiendo castigar a los rebeldes criollos. La independencia significaba cortar lazos con España, un paso más allá de la fidelidad jurada al monarca durante su ausencia.
Las potencias mundiales observaban con desconfianza las revoluciones americanas, mientras el ejército realista avanzaba y la economía local estaba devastada por años de guerra. La crisis política interna amenazaba con disolver el sueño de la libertad.