El sermón reitera las graves consecuencias del pecado del espíritu, centrándose nuevamente en Moisés. Se explica que, a pesar de ser perdonado por Dios, Moisés no pudo entrar a la Tierra Prometida debido a su ira y a haber golpeado la roca en lugar de hablarle, actos que deshonraron al Señor.
Se enfatiza que la gracia de Dios no anula su justicia. Aunque Moisés fue perdonado, la justicia divina le impidió cumplir su sueño. Se advierte que incluso los pecados perdonados pueden acarrear consecuencias terribles, citando el caso de David.
Se hace un llamado a la reflexión sobre el enojo y el rencor, preguntando si existen personas no perdonadas en el corazón. Se advierte que el enojo prolongado se convierte en resentimiento, lo cual impide el perdón divino y puede llevar a la ruina espiritual, tal como le sucedió a Moisés, quien perdió su bendición por un pecado del espíritu.