En Resistencia, las esculturas en el espacio público son cuidadas por los ciudadanos, quienes las protegen del vandalismo, un fenómeno inusual que se observa en países del primer mundo.
Este vínculo entre la comunidad y el arte se profundiza durante la Bienal, permitiendo ver a los artistas trabajar y crear obras que luego forman parte del paisaje urbano.
La apropiación ciudadana de estas esculturas genera un fuerte sentido de pertenencia y orgullo para la ciudad y la provincia.