Se lee un pasaje de la Primera Epístola a los Corintios, donde el apóstol Pablo escribe que el cuerpo es templo del Espíritu Santo y que los creyentes no se pertenecen a sí mismos porque han sido comprados por Dios a un alto precio.
Se enfatiza que, al no ser propietarios de sus vidas, sino de Dios, deben honrarlo con su cuerpo. Se utiliza la analogía de comprar una casa de ensueño y dejarla desprotegida, permitiendo la entrada de extraños que la dañan. De manera similar, se explica que si no se cuida el "templo" del cuerpo, pueden entrar influencias negativas o "inquilinos ilegales" espirituales.