La respuesta al desastre en Venezuela se ve marcada por la desorganización y la corrupción. El periodista Martín González describe una escena donde predominan los vehículos de inteligencia sobre los de ayuda humanitaria, sugiriendo que el Estado está más enfocado en el control ciudadano que en la asistencia.
Se reportan casos de funcionarios robando entre los escombros, mientras que la organización para dirigir incluso un simple control de tránsito parece ineficiente, requiriendo a 10 personas para una sola esquina. La labor de rescate recae en gran medida en los familiares de las víctimas y en las brigadas internacionales.
La falta de coordinación y la aparente priorización de tareas de seguridad sobre las de auxilio generan un clima de desesperanza. A pesar de la posible honestidad de muchos trabajadores, la percepción general es de un sistema colapsado ante la tragedia.