Alfonso Lobera relata su experiencia durante el terremoto en La Guaira, Venezuela, mientras se encontraba en la playa. Inicialmente, pensaron que el movimiento de las rocas se debía al oleaje, pero pronto se dieron cuenta de la magnitud del sismo al ver el polvo levantarse sobre los edificios.
Al regresar a Caracas, se encontraron con un panorama desolador: edificios colapsados, calles agrietadas y palmeras caídas. La vía hacia la capital presentaba daños, pero lograron transitar a pesar de los obstáculos.
Lobera describe la intensidad del terremoto, afirmando que nunca había vivido algo similar. La experiencia dejó una profunda huella, y la tensión persiste en la población ante la posibilidad de réplicas.