Un hombre relató cómo, en medio de su desesperación y adicciones, escuchó en la radio la frase "pare de sufrir", lo que captó su atención a pesar de estar ebrio.
Tomó la decisión de ir a la iglesia y comenzó a frecuentar las reuniones, donde se hablaba de la palabra de Dios. Una frase en particular resonó en él: "donde está el espíritu de Dios, ahí hay libertad".
Comprendió que sin el espíritu de Dios no sería libre de sus vicios y amarguras. Empezó a aprender, a usar la fe y a meditar en la palabra, lo que lo llevó a buscar el bautismo en agua y, posteriormente, el Espíritu Santo.