Se afirmó que la obra del Espíritu Santo a través de Jesucristo, manifestada en la expulsión de demonios y sanaciones, era evidencia clara de la llegada del reino mesiánico y el desmoronamiento del reino de Satanás.
Se señaló que los fariseos, a pesar de la evidencia irrefutable de los milagros y las profecías del Antiguo Testamento (especialmente de Joel) que se estaban cumpliendo, atribuyeron la obra de Jesús al poder demoníaco.
Se indicó que, al negar la obra del Espíritu Santo y atribuirla a Belzebú, los fariseos cometieron el pecado de blasfemia.
Se concluyó que la obra de Cristo, respaldada por el Espíritu Santo, confirmaba la llegada del reino y la derrota de las tinieblas.