El ministerio de Jesucristo está intrínsecamente ligado a la obra del Espíritu Santo, desde su nacimiento hasta su resurrección. Jesús fue ungido con la fuerza del Espíritu Santo para llevar a cabo su misión.
Su nacimiento virginal, sin intervención humana, fue un milagro del poder del Espíritu Santo. Las grandes obras de Jesús, como la expulsión de demonios, fueron realizadas por el poder del Espíritu, algo que Él nunca ocultó.
La dependencia del Espíritu Santo es esencial para vencer el poder satánico y establecer el reino de Dios. La sabiduría de Jesús, descrita como espíritu de sabiduría, entendimiento y consejo, también provenía del Espíritu.