La muerte expiatoria de Jesús y su resurrección gloriosa estuvieron ligadas al Espíritu Santo. El Espíritu levantó a Jesús de los muertos, y su nacimiento virginal fue la obra máxima del Espíritu.
La vida victoriosa de Jesús se debió a la presencia y el poder del Espíritu Santo. Al ser lleno del Espíritu, Jesús se retiró al desierto, y al salir, estaba lleno del poder del Espíritu Santo, listo para su ministerio.
Servir a Dios en el poder del Espíritu es crucial para un ministerio bendecido. La falta de resultados extraordinarios a menudo se debe a la ausencia de este poder divino, resultando en esfuerzos carnales y humanos.