Se defiende el acceso al crédito hipotecario como una herramienta fundamental para la movilidad social y el crecimiento económico, calificando de "sucio" a aquel que lo considera un delito. Se argumenta que el crédito canaliza el ahorro hacia la inversión y mejora el bienestar general.
Se cuestiona la moralidad de quienes asocian el crédito con la ilegalidad, sugiriendo que ocultan sus propias irregularidades. Se subraya que tomar un crédito no viola principios morales fundamentales como el derecho a la vida o la libertad, y que, si se toma a tasa de mercado, no representa un problema, especialmente en el sector privado.