El biohacking, una tendencia popular entre millonarios de Silicon Valley, busca ralentizar o detener el envejecimiento mediante tecnologías invasivas como transfusiones de plasma y cambios extremos en dietas y rutinas. Prácticas como inyectarse sangre de jóvenes y el uso de decenas de suplementos diarios son comunes.
Expertos como el cardiólogo Eric Topol advierten sobre los peligros de estos "experimentos descontrolados" y la falta de ensayos clínicos robustos que respalden la eficacia y seguridad de los suplementos. La FDA desaconseja las transfusiones de plasma, que pueden causar graves efectos secundarios y contagios.
A pesar de las advertencias, el mercado de suplementos dietarios está en auge, proyectando duplicar su facturación para 2033. La búsqueda de la longevidad extrema plantea dilemas éticos sobre la mercantilización del cuerpo humano y la posible desviación de recursos de la investigación de enfermedades crónicas, generando un debate sobre hasta qué punto la obsesión por alargar la vida justifica sacrificar su disfrute.