Las profecías, incluso las legítimas, son parciales y no ofrecen un cuadro completo de los eventos futuros. Por ejemplo, aunque se le advirtió a Pablo que sería atado en Jerusalén, no se le informó sobre la oportunidad que tendría de predicar en Roma.
Por ello, no se debe depender exclusivamente de las profecías para tomar decisiones vitales. La vida cristiana se basa en la dirección del Espíritu Santo en el corazón, respetando la libre voluntad y los planes personales, como lo demostró Pablo al continuar su viaje a Jerusalén a pesar de las advertencias.