Una década después del referéndum del Brexit, la economía británica sufre un lento declive, con una caída del PIB per cápita entre un 6% y un 8% en comparación con lo que habría sido dentro de la Unión Europea. Las predicciones de 2016 se han cumplido, con una devaluación de la libra esterlina, un fuerte descenso de la inversión y el consumo, y un aumento de los precios internos.
Las trabas aduaneras han afectado el comercio de bienes británicos, mientras que la Unión Europea ha logrado mitigar el impacto. El PIB de la eurozona creció por encima del británico gracias a la reconfiguración de sus mercados. Empresas comunitarias redujeron su dependencia de las islas y la City de Londres perdió su hegemonía frente a París, Fráncfort, Ámsterdam y Dublín.
El balance general es que Bruselas consolidó su resistencia, mientras que el Reino Unido se quedó con una economía más pequeña, menos productiva y más aislada del mercado global. La advertencia sobre el impacto directo del Brexit, señalada por la entonces directora del FMI, Cristin Lagarde, se ha materializado.