A diez años del Brexit, la economía británica muestra signos de debilidad, con un PIB per cápita entre un 6% y un 8% inferior a lo que habría sido si el Reino Unido permaneciera en la Unión Europea. Las predicciones de 2016 sobre un impacto negativo en la inversión y el consumo se han cumplido, resultando en una libra devaluada, alta inflación y un desplome del 18% en la inversión empresarial.
Las trabas aduaneras han afectado el comercio de bienes británicos. En contraste, la Unión Europea ha resistido mejor el golpe, con un crecimiento del PIB superior al británico y una reconfiguración de mercados que redujo la dependencia de las islas. La City de Londres ha perdido su hegemonía frente a otras bolsas europeas.