Emiliano relata su dura lucha contra las adicciones desde la niñez, marcada por el odio, el rencor y el resentimiento debido a conflictos familiares. A los 15 años comenzó a consumir alcohol, seguido por marihuana y luego cocaína, lo que derivó en paranoia, euforia y parálisis de sueño.
Su adicción lo llevó a consumir pastillas para controlar la paranoia y la euforia, llegando a un punto de despersonalización. Experimentó episodios de paranoia extrema, escuchando voces y viendo cosas, lo que culminó en una violenta pelea con su hermano bajo efectos de las drogas.
Tras la intervención de su madre, quien ya frecuentaba la Iglesia Universal, Emiliano decidió asistir. En las reuniones, experimentó una profunda transformación, sintiéndose ligero y liberado de las voces y el nerviosismo. Dejó atrás el alcohol, la marihuana, la cocaína y las pastillas, encontrando la paz y el Espíritu Santo.