El guano, excremento de aves marinas como pingüinos y cormoranes, era extraído durante décadas en la costa patagónica. Este material, muy valorado como fertilizante, se recolectaba principalmente en la isla Toba.
Durante el siglo XIX, grupos de hombres se establecieron en la zona para la explotación de pingüinos y lobos marinos, llegando a haber 40 hombres viviendo en el área en 1850, en una Patagonia mayormente despoblada de europeos.