Se afirma que toda tentación es común a todos y que Dios es fiel, prometiendo no dejar que seamos tentados más allá de nuestras fuerzas. Junto con la tentación, Dios provee una "salida".
El apóstol Pablo identifica el "escudo de la fe" como la protección integral contra todo dardo del enemigo y toda tentación proveniente del infierno. Esta es el arma adecuada para detener y apagar dichas flechas.