Se profundiza en la analogía de las tentaciones como flechas envenenadas, comparando su velocidad con la del relámpago. Se utiliza el ejemplo bíblico de David y Betsabé para ilustrar cómo una "saeta diabólica del adulterio" puede clavarse en el corazón instantáneamente.
Se señala que si una tentación no hiere, el diablo lanza otra, y que estas flechas pueden provenir de lugares inesperados, como en el caso de David, cuya mirada hacia Betsabé desencadenó la caída.