Se contrasta la perspectiva social y legal sobre el adulterio y otros pecados sexuales con la visión bíblica, señalando que, aunque la sociedad pueda aceptarlos o despenalizarlos, para Dios siguen siendo comportamientos que serán juzgados.
Se enfatiza que el parámetro para medir la moralidad debe ser la palabra de Dios, la cual difiere significativamente de los discursos sociales. Se recuerda que el deseo sexual es normal y creado por Dios, pero debe ser encauzado dentro del matrimonio.