Se reflexiona sobre las pérdidas que acarrea aplazar los tiempos dedicados a Dios. Se menciona la pérdida del deleite en Su presencia, la oportunidad de purificar y santificar la vida, y la guía divina.
Se advierte que al descuidar estos tiempos, uno se perjudica a sí mismo, robándose la oportunidad de recibir bendiciones. Se compara esta actitud con una "pereza espiritual" que impide lograr plenitud.
Se insta a sentir indignación ante esta pereza y a compungirse de corazón para renovar los tiempos con el Señor, agendándolos y presupuestándolos como una prioridad, considerándolo una "guerra espiritual".