Se reflexiona sobre el Salmo 42, comparando el anhelo del alma por Dios con el del ciervo por las corrientes de agua. Se advierte sobre la decadencia y el enfriamiento espiritual que pueden llevar a la conformidad.
Se hace un llamado a avivar el fuego del don de Dios, recordando que el Pentecostés reside en el corazón y que Dios tiene mucho para ofrecer, instando a no conformarse con un "cosquilleo espiritual".