Se reflexiona sobre cómo las dificultades de la vida, aunque temporales, nos producen una gloria eterna. Se contrasta la perspectiva de quienes ven catástrofes ante las dificultades con la de quienes, desde la fe, esperan ver la gloria de Dios. Se enfatiza que las cosas invisibles, como la gloria divina, permanecen para siempre, mientras que lo visible es pasajero.
Se anima a los creyentes a no desanimarse ante las adversidades, sino a mantener la fe y la esperanza, convirtiéndose en apoyo para otros. Se compara a la persona con fe, que anima y ayuda, con la persona sin fe, que desanima. Se menciona la historia de Filemón como ejemplo de cómo la fe y el amor por Dios se traducen en acciones que animan al pueblo de Dios.