Se aborda el concepto del "desierto" como un lugar preferido por Dios para formar a sus líderes, advirtiendo contra la huida de estas experiencias. Se distingue entre el sufrimiento por disciplina divina y el sufrimiento a causa del pecado.
Se explica que cuando Dios lleva a alguien al desierto, es para transformarlo, capacitarlo y prepararlo para un nuevo ministerio o misión, saliendo de esa experiencia lleno del poder del Espíritu Santo, como Jesús. En contraste, el desierto como consecuencia del pecado (ej. Saúl) implica el cierre del cielo y la falta de revelación.
Se insta a identificar la causa del sufrimiento actual: si es disciplina divina para la transformación o consecuencia del pecado. Si es lo segundo, se debe arreglar las cuentas con Dios para que el cielo se abra.