Se destacó la figura de Timoteo como ejemplo de alguien que, a pesar de tener dones, se sintió intimidado y abrumado por las circunstancias, descuidando su llamado.
El predicador señaló que la santidad es un manto protector pero no activa los dones; se requiere valentía, olvidarse de uno mismo y exponerse al ridículo para ejercerlos.
Se animó a los creyentes a no descuidar sus dones por miedo o fracasos pasados, sino a rendirlos nuevamente al Señor y a despojarse de la intimidación, recordando que Dios no da un espíritu de temor, sino de poder, amor y autodisciplina.