El autor reitera que la violencia nunca se justifica, ni por convicción ideológica ni por interés. Menciona a Pol Pot en Camboya como un ejemplo de mesiánico que causó millones de muertes.
Señala que el poder siempre necesita un enemigo y que esto no justifica los actos violentos. Al discutir los crímenes del poder, se plantea si existe un hilo conductor o algo en común entre ellos, a lo que el autor responde que la violencia nunca es justificable.
Se aborda la cuestión de si los crímenes se cometen por convicción o por interés, concluyendo que ambas motivaciones pueden estar presentes. Se menciona el caso de Perón y su gobierno, que fue autoritario y reprimió opositores, pero la Revolución Libertadora que lo sucedió fue igualmente o más violenta, reforzando la idea de que la violencia no tiene justificación.