Elizabeth narra cómo su familia practicaba el espiritismo y cómo ella, desde niña, desarrolló supuesta "mediunidad" para describir espíritus materializados. Esta práctica la llevó a ver espíritus también en su hogar, experimentar presencias, ruidos y una serie de enfermedades y miseria familiar.
Tras años de lucha, insomnio, ataques de pánico y problemas de pareja, su madre escuchó un testimonio en la Iglesia Universal que la impulsó a asistir. A pesar de no entender inicialmente la palabra de Dios, la aplicación de sus enseñanzas marcó un antes y un después. Al día siguiente, Elizabeth y su familia durmieron profundamente por primera vez en años, y las supuestas evidencias de mediumnidad desaparecieron.
Elizabeth atribuye su transformación y la superación de 26 años de servicio a los espíritus a la "presencia de Dios" y al "Espíritu Santo", lo que le brinda felicidad y la sostiene a pesar de las luchas. Concluye que tener al Espíritu Santo es la felicidad completa.