En el siglo XIX, el cónsul argentino en Le Havre, Calvo, alertaba al gobierno sobre la llegada masiva de aceite de pingüino y guano desde la Patagonia, solicitando controles aduaneros que nunca se implementaron.
La falta de interés y control sobre estos recursos naturales marcó una época en la que Argentina crecía de espaldas al mar, una tendencia que comenzó a revertirse lentamente a fines del siglo XIX.