Se retoma la idea de la autoridad delegada por Dios y la importancia de la conexión interior para ejercerla. Se advierte contra confundir el cargo con la conexión, ya que la verdadera autoridad emana de la relación con Dios.
Se subraya que el derecho bíblico a liderar se basa en la capacidad de ser guiado y de someterse a la autoridad superior. Se ejemplifica con la desobediencia de Adán a Dios, lo que conllevó la pérdida de autoridad sobre la creación y la rebelión de esta contra él.
Se afirma que los problemas y la rebeldía de otros no se solucionan con gritos, sino con obediencia a Dios. Se enfatiza que no se puede corregir la rebeldía ajena si uno mismo está en rebeldía contra Dios. Para que las cosas funcionen en orden (casa, ministerio, trabajo), es fundamental someterse a Dios y a las autoridades divinamente establecidas.