Los diferentes modelos de desarrollo tecnológico en defensa se manifiestan en enfoques divergentes entre las potencias mundiales.
Estados Unidos impulsa un modelo de innovación distribuida, colaborando con empresas privadas que lideran el avance tecnológico. Por otro lado, China adopta una estrategia de fusión civil-militar, donde el Estado centraliza el control y toda tecnología se considera potencialmente militarizable desde su origen, como es el caso de empresas como Huawei o Baidu.
Rusia, con menor capacidad tecnológica, se enfoca en un pragmatismo táctico, empleando guerra electrónica, drones y adaptación rápida en el campo de batalla. Estos tres modelos comparten un objetivo común: ganar la guerra del futuro antes de que comience, planteando un dilema moral sobre el uso de la tecnología en conflictos.