Juan Pablo continúa compartiendo anécdotas sobre el Indio Solari como vecino. Destaca su perfil bajo y la cautela con la que se manejaba en el barrio. La gente lo respetaba y nunca lo molestó, permitiéndole mantener su privacidad.
El Indio Solari solía saludar, preguntar por los vecinos y, en ocasiones, se detenía a conversar. Incluso compartían el servicio de piletero, lo que permitía intercambiar algunas historias. Su abuela, Carmen, está muy sentida por la noticia.
Los vecinos se acercan a la casa del Indio Solari para acompañar y cuidar su espacio, sintiendo que, aunque ya no esté físicamente, su presencia sigue viva en el barrio. Se destaca la importancia de estos momentos para la cultura argentina.