Se relata el inicio de una iglesia con un pequeño grupo de personas, destacando cómo Dios obró para su crecimiento a pesar de las limitaciones iniciales.
Se enfatiza que el plan de Dios para la iglesia implica crecimiento y que Él mismo se encarga de edificarla, no los esfuerzos humanos.
La iglesia debe centrarse en cumplir la misión de hacer discípulos, confiando en que Dios proveerá el crecimiento.Se advierte sobre las dudas y consejos desalentadores que pueden surgir, pero se reafirma la convicción en el plan de Dios.
Se concluye que el crecimiento de la iglesia es un propósito divino inquebrantable, a pesar de los desafíos y la incredulidad.