Sofía decidió regresar a Buenos Aires, donde su madre la llevó a la iglesia. Allí tuvo un encuentro que marcó su vida. A pesar de sus dudas iniciales, decidió asistir a la iglesia durante siete domingos consecutivos, motivada por las palabras del pastor sobre su propósito y futuro.
Confiesa que le costó adaptarse, pero perseveró. Durante este proceso, comenzó a experimentar un cambio, recuperando la paz y la sonrisa que no recordaba haber tenido. Aceptó el desafío de asistir durante siete domingos sin falta, sintiendo una paz inexplicable.