El predicador enfatiza la importancia de la coherencia entre la doctrina y la vida personal de los líderes religiosos.
Se compara a los líderes religiosos con un predicador que predica bien pero vive mal, señalando que la vida de uno habla más fuerte que sus palabras.
Se cita a Pablo para destacar que el crecimiento del ministerio depende del cuidado de la vida espiritual personal y la relación con el Señor, no solo de la predicación de la sana doctrina.
Se advierte que un líder puede salvarse a sí mismo pero perder a otros si no predica el evangelio puro y vive en pureza.