A los 27 años, Abigail se niega a que sus ambiciones se vean frenadas por la desaceleración económica en Nueva Zelanda. Como un número récord de neozelandeses, ha decidido emigrar a Australia, empujada por salarios que no logran seguir el ritmo del costo de vida. Busca un trabajo con un salario estable y un buen equilibrio entre la vida laboral y personal.
La brecha de ingresos entre ambos países sigue ampliándose. Datos hasta septiembre de 2025 revelan que el 63% de la migración de ciudadanos neozelandeses fue hacia Australia, donde pueden vivir y trabajar indefinidamente sin necesidad de visado. Para Abigail, este fue el factor decisivo, y está vendiendo su ropa sin intención de regresar.
Los jóvenes de entre 20 y 39 años representan más de la mitad de todas las salidas, cifras que preocupan al profesor de economía Robert McCulloch de la Universidad de Oakland. Él considera que el clima político desde la pandemia es en gran parte responsable. Critica las políticas de Jacinda Ardern, que generaron un sentimiento de empobrecimiento, y la actual administración de Christopher Luxon, que no ha logrado impulsar la economía.
El descontento hacia el gobierno actual es palpable, como se vio durante las celebraciones del Día Nacional cuando el discurso del primer ministro Luxon fue interrumpido. A pesar de sus intentos por tranquilizar a los ciudadanos, las soluciones no llegan. Organizaciones estudiantiles se movilizan para ayudar a los jóvenes a imaginar un futuro en Nueva Zelanda, proponiendo el emprendimiento y la innovación como alternativas.
Sin embargo, el escepticismo es generalizado. Representantes estudiantiles advierten sobre las desventajas a largo plazo de emigrar, argumentando que si no se invierte en el país, será difícil generar más oportunidades laborales. Para Nueva Zelanda, retener a sus jóvenes talentos se ha convertido en una cuestión de supervivencia económica, y la fuga de cerebros promete ser un tema central en las próximas elecciones.