Arash, un refugiado afgano, encontró en la comunidad de Ania no solo un lugar para vivir, sino también un trabajo de mantenimiento y la oportunidad de formarse como camionero. Su historia, como la de muchos otros, demuestra el impacto positivo del asilo eclesiástico en la integración y reinserción social.
Ramatullah, hermano de Arash, también recibió apoyo de la comunidad, asistiendo a clases particulares para aprender alemán. La congregación de Ania dedica esfuerzos a la enseñanza del idioma y la preparación de los refugiados para su futura vida en Alemania, reconociendo su potencial como futura fuerza laboral.
La comunidad de Ania, compuesta por voluntarios como Tea y Annegret, se involucra activamente en la integración de los refugiados, ofreciendo apoyo educativo y emocional. A través de actividades como clases y juegos, buscan facilitar el aprendizaje del alemán y fortalecer los lazos comunitarios.