La creciente demanda de cocaína alrededor del año 2000 llevó a los criminales colombianos a reclutar mano de obra local en los Países Bajos para logística y venta callejera. Se prefirió la colaboración con personas de Surinam o las Antillas, así como con jóvenes marroquíes de segunda y tercera generación, cuyos padres habían llegado como trabajadores migrantes.
Estos grupos se integraron en el narcotráfico, y los criminales de tercera generación se convirtieron en figuras centrales de la "AMPA neerlandesa". Jóvenes con experiencia en robos se volvieron colaboradores de los narcotraficantes colombianos, formando una red criminal cada vez más compleja y peligrosa.