En 2015, la policía neerlandesa dio con una pieza clave en la lucha contra las redes criminales: Ridwan Taji, un hombre hasta entonces desconocido que se convertiría en una figura central del comercio de cocaína en los Países Bajos. Su discreción y poder le valieron el apodo de "P".
La investigación dio un giro con la incautación de teléfonos con software de encriptación PGP, que cambiaron la dinámica del crimen organizado al permitir comunicaciones seguras y la gestión de negocios a distancia. Estos hallazgos, sumados a la colaboración de Nabil Bakali, sicario de Taji, se convirtieron en elementos centrales para futuras investigaciones y juicios.