Roberto, el panadero asaltado, describió cómo su negocio, antiguamente una pulpería, ahora parece una cárcel rodeada de rejas por seguridad. Lamentó tener que vivir y trabajar así a pesar de pagar impuestos.
Señaló que la delincuencia se ha vuelto una costumbre lamentable y que, aunque existen leyes como la de baja imputabilidad, la situación de inseguridad persiste, afectando a las familias y a la gente trabajadora.