Se relata la historia de Sansón, cuya fuerza provenía de Dios y no de su cabellera, símbolo de su consagración. Tras matar a mil filisteos con la quijada de un burro, Sansón se jactó de su hazaña y se erigió un monumento a sí mismo, atribuyéndose el mérito.
Sin embargo, al tener sed, Sansón clamó al Señor, quien proveyó agua de un hoyo en el suelo. Este acto llevó a Sansón a cambiar el nombre del lugar a "Manantial del que clamó" (Enacore), reconociendo que la provisión venía de Dios y no de su propia capacidad. Se destaca la importancia de levantar memoriales para recordar la fidelidad de Dios.