Se subraya la prohibición bíblica de tener comunión con quienes propagan el error y se insta a apartarse de ellos.
Se advierte que los predicadores de la novedad que buscan beneficio personal predican un evangelio diluido que no conduce a la salvación.
Se enfatiza que la sana doctrina trae salud espiritual, mientras que las falsas doctrinas enferman y alejan de Dios, y que el único antídoto contra el error es proclamar el evangelio puro de Jesucristo.