Johnny Durán narra una vida de sufrimiento marcada por una supuesta maldición hereditaria que se remonta a sus abuelos y que afectó a su madre y a él. Sufrió abuso infantil a los cinco años, maltratos psicológicos, desarrollo odio, rebelión, adicciones (alcohol, cigarrillos) y tuvo tres intentos de suicidio.
Tras ser invitado por un amigo, Johnny acudió a la Iglesia Universal y, siguiendo el consejo de obedecer a Dios, experimentó un cambio radical. Afirma que la maldición fue cortada al hacer un compromiso en el altar, logrando la felicidad, el perdón familiar y la superación de sus problemas.