Se profundiza en la relación entre el desorden y las deudas como impedimentos para recibir la bendición de Dios, señalando que la deuda es una clara señal de que algo está fuera de orden y no debería haber ocurrido.
Se recuerda la importancia de ser buenos administradores, citando la Primera de Pedro 4, y se advierte que el desorden en la administración, las prioridades o el corazón puede llevar a restricciones divinas.
Se diferencia entre deudas necesarias, como una financiación a tasa cero para una compra calculada, y aquellas que surgen de la necesidad inmediata sin saber cómo se pagarán, las cuales generan desconfianza en el cielo y obstaculizan la bendición.