Francisca relata cómo, tras un intento de suicidio, reconoció su necesidad de ayuda y buscó a Dios en la Iglesia Universal. Allí, experimentó una profunda transformación, liberándose de vicios, depresión y rencor, y encontrando paz y ganas de vivir.
Asegura que la maldición que la afectaba, heredada de su familia, fue cortada a través de la fe y la perseverancia. Hoy, Francisca se siente bien, sus hijas también están bendecidas y ha recuperado el deseo de vivir, experimentando la felicidad que solo Dios puede dar.