Se plantea la idea de que, a diferencia del homicida común, el violador y el femicida no suelen regenerarse y siempre incurren en agravantes. Esta afirmación se presenta como un argumento para la necesidad de abordajes distintos para estos criminales.
Se contrapone esta visión con la importancia de las "nuevas masculinidades" y la educación hacia los varones como herramientas de prevención a largo plazo, sugiriendo que el enfoque no debería ser únicamente punitivo sino también formativo y social.